Cuando Dios te quiere, te sigue, te persigue y te consigue

Cuando Dios te quiere, te sigue, te persigue y te consigue

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Testimonio ofrecido por Rafael Sánchez, seminarista de la Diócesis de VItoria, en la Vigilia de la Inmaculada

Cuando Dios te quiere, te sigue, te persigue y te consigue…
Y esto, es lo que, prácticamente, Dios ha hecho en mi vida.

Mi nombre es Rafa, tengo 27 años y, desde hace, apenas tres meses, soy seminarista en esta diócesis de Vitoria. Pero mi historia no comienza aquí, comienza en Murcia, de donde soy originario.

Desde pequeño, siempre quise ser sacerdote. Siempre tuve inquietud por todo lo relacionado con el Señor y con su Iglesia. Y de este modo, comencé a ser monaguillo en mi parroquia, la Inmaculada.

Cuando alcancé la edad propia de decidir qué hacer con mi vida, tomé la opción de estudiar una diplomatura civil, dejando a un lado “esa inquietud” que sentía. Inquietud, que durante mis años de estudios, perdí. Mi vida giraba en torno a mis amigos, a los viajes, a estar con otros, pero siempre apartado del Señor.

La gente pensaba, al verme, que tenía una vida plena, y así me lo manifestaban… Rafa, que vida más apasionante tienes, ya me gustaría a mí poder vivirla así. Pero en realidad era toda una simple apariencia, porque yo vivía, cada vez más, inmenso de tristeza y soledad.

Con la enfermedad de mi abuelo, al que cuidé hasta el día de su regreso a la casa del Padre, el Señor salió a mi encuentro, mi corazón tenía un gran deseo de estar con él, de rezar, de ir a misa, y veía, en las cosas más simples de la vida, que el Señor estaba ahí. Y me planteé qué quería el Señor de mí, hasta que logré comprender, discerniendo, con la ayuda de un sacerdote, y durante bastante tiempo, que el Señor me llamaba a ser sacerdote.

Aquello que siempre había sentido, volvía a hacerse latente, con una fuerza increíble, y era incapaz de decirle que no una vez más al Señor.

Es verdad que a veces uno siente miedo, y cuando habla el Señor, también está el demonio intentando que hagamos lo contrario.  Decir Sí al Señor es una decisión importante, es una decisión que conlleva un gran compromiso, pero que aun dejando atrás, casa, padre, madre, amigos… Merece la pena.

“No me elegisteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto abundante y duradero” (Juan 15, 16). A veces siento que soy indigno, le pregunto al Señor que por qué yo, que estoy lleno de miserias, de debilidades… Pero no somos nosotros, es Dios quien viene a nosotros a través de nuestra historia personal, él nos conoce más que nosotros mismos.

Y siempre surge el miedo, la desconfianza. El no querer dar el paso por si…

En el Génesis, leemos, que el hombre, le dice a Dios “Escuché tus pasos, tuve miedo y me escondí” y no es casualidad, que en el primero de los cuatro evangelios, el de Mateo, en el capítulo primero, oigamos decir al hombre de parte de Dios “No tengas miedo”.

El miedo nos encierra, el miedo nos bloquea, nos limita la disponibilidad a dar un si confiado a Dios, pero si estamos abiertos al Espíritu Santo, y en nuestra oración, presentamos nuestros miedos, podemos hacer posible, esa entrega generosa a Cristo.

Por eso, y como decía nuestro Santo Padre, Juan Pablo II, no tengáis miedo, abrid las puertas de par en par a Cristo. Aquellos que sentís inquietud, no penséis que no podéis ser sacerdotes, por vuestras limitaciones, vuestras debilidades, vuestros pecados, porque el Señor no se equivoca, sabe a quién elige y sabe que no somos perfectos, pero con su ayuda, y la asistencia del Espíritu Santo, nos va transformando su corazón, cada día más, al suyo.

Un seminarista no es un ser extraño, raro… o como diríamos ahora “friki”, un seminarista es una persona normal, con sus gustos y aficiones, con amigos, que queda para ir de vinos con los suyos, pero que sobre todo está enamorado de Cristo, ama a Cristo y a su Iglesia.

Hace unas semanas, nuestro Obispo me pidió que me preparase unas palabras para este día de la Inmaculada, que aquí en el País Vasco, también se celebra el día del Seminario. Y aproveché para preguntarle a la gente de la calle, del País Vasco y del resto de Diócesis, qué es lo que esperan de un seminarista y de un sacerdote.

Y estas, son algunas, de las respuestas que recibí y que quiero compartir con vosotros, para poner fin a mis palabras.

Un sacerdote debe de ser un ejemplo de Cristo, cercano a la gente, en el que, cuando se le mire, se vea a Cristo.
Que esté siempre disponible (los curas no tienen vacaciones, ser cura implica serlo los 365 del año, las 24 horas del día), que sean austeros, implicados con la parroquia, con las actividades parroquiales y con los distintos movimientos que hayan.
Que sus homilías sean cercanas, alejadas de teologías difíciles de comprender, y enfocadas al mundo en el que ahora vivimos.
Que sean ejemplo de cómo Dios nos quiere, y así, puedan mover los corazones de la gente e involucrar a los jóvenes en las parroquias.
Que mantengan siempre la ilusión en su corazón y siempre se pueda ver a Cristo en ellos, porque de este modo, Cristo está siempre entre las comunidades.
Que contagien de Cristo a los que están a su alrededor, y eso se logra estando enamorado de Él y permaneciendo fieles en la oración.
Que no se inventen la liturgia, que sean fieles a ella y que el sacerdote sea sacerdote, que no sea monitor, ni catequista, que para eso ya están los laicos.

En resumen, como diría nuestro Papa Benedicto XVI, que sean promotores del encuentro del hombre con Dios.

Recen por mí para que persevere en la vocación, y recen, para que por la intercesión de nuestra Madre Santísima, Inmaculada en su Concepción, aumenten las vocaciones al sacerdocio en esta diócesis de Vitoria, que el Señor nos abra los ojos y los corazones a su voluntad. Qué Él haga que más personas respondan a su llamada para servirle en su Iglesia como sacerdotes.

Amén

El Espejo de la Iglesia

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