Alfredo Arnaiz, Vicario Episcopal de Vida Consagrada, Sacerdotal y Vocacional

Alfredo Arnaiz, Vicario Episcopal de Vida Consagrada, Sacerdotal y Vocacional

- in Interioridad
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         I.- Se me pide que hable de la vocación. ¿Llamados a qué? ¿Llamados por Quién? Es como hablar de toda una vida. Y no se trata de decir fácilmente “vocación eres tú”, ¿verdad? Pero casi si, porque es algo que afecta a toda la persona y a todas las personas. Todo parte de una llamada que espera una respuesta. Mejor sería, incluso, hablar de unas llamadas. Porque es cierto que hay una primera llamada a la vida, a surcar este mundo nuestro como un ser vivo tan especial como lo somos los seres humanos. Por eso es tan triste que a tantos se les cierre la puerta, incluso antes de nacer, para que vivan la apasionante vocación de cada varón o cada mujer. O que una vez nacidos se les vayan cerrando puertas, con tantas injusticias, para que vivan lo que realmente puede hacerles felices, a imagen de quienes están hechos que no es otro que Cristo. Una vocación para vivir desde la verdad, la bondad y la belleza.

Después, y desde esa vocación común, cada cual se podrá desplegar en una vocación de amor, de servicio, de relación y cercanía, con una opción más específica. Y todos sabemos que, por ejemplo, para vivir un matrimonio con rasgos de evangelio será una ayuda fuerte saberse llamados por Dios a ese estilo de vida. O si se trata de la vida religiosa sólo desde un descubrimiento y respuesta generosa a esa llamada podrá ir cristalizando, aunque sea entre preguntas y altibajos, un proyecto de vida fascinante por la radicalidad de una historia en pobreza, castidad y obediencia. Y si la llamada es al sacerdocio, a pesar del vértigo que puede producir el ser icono de Cristo Cabeza y Pastor, o la vocación se recibe como un regalo y un reto de parte del Señor o el miedo a no alcanzar el objetivo paralizaría nuestros huesos desde el primero momento. Son las tres concreciones de las que más hablamos pero imagino que tendremos en mente algunas otras. Especialmente las que desde una vocación, como decía, de servicio, apuestan por una vida entregada distinta de las tres pero también posible. ¿No conocemos solteros que han llenado su vida desde una entrega generosa a quienes en distintos campos, por ejemplo de marginación o necesidad, van regalando tiempo y energías? Se trata de partir de esa primera vocación universal a vivir para recorrer distintos caminos que hagan personal, sin dejar un tono comunitario, el objetivo para el que nacimos: que la voluntad de Dios se haga en nuestras vidas desde el proyecto que el tiene para cada uno. Y procurar acertar desde la oración, la opinión de quienes nos conocen y nos quieren, y nuestro propio saber y entender.

Ah, que no se me olvide, aunque no entre en detalles: para nosotros todo lo unifica lo anterior en una vocación común para los distintos estados de vida es ¡ser santos! Ese es el quid de la cuestión si nos descubrimos de verdad hechos a imagen de Cristo. Y podríamos seguir más, diciendo que también somos seres con vocación de eternidad, llamados para la eternidad. Pero creo que estoy abriendo mucho la perspectiva, para tan poco espacio. Llamados, llamadas, a todo esto por el Amor de nuestro Dios enamorado y fascinante.

II.- Después me sugerían que hablara de mi nueva responsabilidad como Vicario Episcopal. ¡Bueno! No exagero si digo que ante un panorama tan intenso, tan amplio, tan interesante, me siento realmente pequeño y al mismo tiempo animado. Porque la tarea es imprescindible y porque lo es de todos. Si entre todos nos ayudamos a ser felices descubriendo para qué estamos en este mundo y cómo estarlo, imaginaos. Si puedo ayudar a que alguien acierte en lo que Dios ha pensado para su vida, ¡bendito sea este nombramiento que me rompe esquemas y recibo con ilusión y temblor a un tiempo! Si somos capaces de remar todos en la misma dirección, que sea la que Dios quiere y nos vaya marcando, seguro que mi pequeñez y mi pobreza podrán aportar algo. Si desde mi conciencia de pecador con ganas de mejorar, ayudo a que alguien progrese en su vocación de santidad, al final podré dar gracias a Dios y a D. Juan Carlos Elizalde por haberme embarcado en esa pesca para que, más allá de miedos, dudas o impotencias, en el nombre del Señor eche las redes.

Ya sé que las palabras anteriores pueden parecer hermosos deseos de tono general. Pero sería mentir en este momento decir que todo esto se concreta en un plan detallado. Estoy en la fase de despertar de la primera sorpresa y a la espera de lo que se me vaya pidiendo de manera explícita, o de lo que las posibles carencias vayan gritando o susurrando con insistencia. Imagino que cuando esté un poco más disponible tras la hermosa experiencia en estos pueblos de la Rioja Alavesa donde ahora sirvo, podremos ir concretando pasos y esfuerzos que hagan fértil la tarea que ahora vislumbro. Tal vez se trate de una tarea subsidiaria, completando lo que otros ya puedan hacer con más conocimiento de causa. O acaso sea más un tirar del carro para que entre todos hagamos que avance. Las palabras “Vida consagrada, sacerdotal y vocaciones” son un apellido para una vicaría que como se puede comprender marca todo un gran mundo. Si luego en la práctica será grande o pequeño va a depender de cómo lo soñemos y con que intensidad queramos vivirlo. Yo, para empezar, puedo decir, que cada mañana me despierto pidiéndole a Dios que tenga misericordia de mi debilidad y me de su sabiduría, es decir, su Espíritu, para que cumpla bien el encargo recibido. Y animo a quien tenga el detalle de pedir por mí, que esa sea su oración. Gracias anticipadas y un fuerte abrazo en el Señor.

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